sábado, 8 de junio de 2013

Caracolas

Cierras los ojos, y por un momento, pierdes la certeza de saber donde estás. Hace un momento creía estar sentado a la orilla de un río, al menos, eso me decían mis experimentados ojos. Mis oídos, me recordaban aquella lejana tarde, de huida y dolor. Me he sobresaltado, esperando ver el mar donde nunca debí oírlo. Eran las cañas. Mecidas al viento, recordando en su movimiento, vaivenes soñados, lejanos, inolvidables. Su sonido, el de las olas rompiendo a mis pies, valerosas, altivas, desafiantes, claro recordatorio de lo que nunca fui, y de lo que ya aquel día solitario aprendí.

Creí no poder llorar más. Iluso. Ahora se que sí que puedo. Me lo han dicho tus alas, blancas, puras, inmaculadas, de mariposa, acompañándome en el camino...

miércoles, 17 de abril de 2013

Todos los días...


sábado, 6 de abril de 2013

Lluvias

Caer en la cuenta de que no eres más que eso por lo que tanto has luchado no ser: un Ego grande y fuerte a cuyo paso no deja más que desolación. Me gusta pensar que tanta lágrima no es más que ese fantasma disolviéndose como un azucarillo en un vaso de agua.

Así que, mientras quede un cachito, seguirá lloviendo, y aunque nunca llueva eternamente, y sea consciente de que tras las nubes hay un sol radiante que no pierde un ápice de esplendor, desde abajo solo queda el propio Atanor donde transformar el plomo en oro. Materiales: Ser, suero salino (en abundancia y preferentemente en forma de lágrima, más apropiada esta forma para el trabajo en cuestión), Vacío...

He roto el vaso de precipitados en tantas ocasiones ya, que tengo cuenta abierta en el colmado. El dependiente, un anciano que me recuerda a esos sabios iletrados, me sonríe cuando llego. En cuanto aparezco, una sonrisa torcida que deja al descubierto una boca sin dientes, me hace dudar entre si es un gesto de burla o conmiseración. La última vez, me sacó de dudas: «hijo mío, hoy en día es algo que ya nadie intenta». Y señaló el cielo, un precioso y oscuro cielo nublado. No dijo más. Fue suficiente. Me dio el coraje, el empujón que requería para no decaer en mi tarea.

Pero sigo sin saber como hacerlo. Miro al cielo y sé que está ahí, tras esa masa vaporosa de nubes, agua y deseos. He intentado disolverlas, volverme nube y poder disfrutar de su fulgor, arrastrarlas hacia otros parajes, elevarlas de tal modo que jamás vuelva a existir nada entre su luz y mi alma...

Sé que está ahí. A pesar de los cúmulos de nubes, la lluvia, el frío y la desolación... Pero tengo que ser sincero, lo que no está, es la capacidad para elevarme tan alto, para que pueda sentirlo presente en mi vida sin descanso, y a pesar de los días lluviosos.

Qué curioso. Mientras escribes esto, ser consciente de que no todo podrá ser disuelto, que para un trabajo completo, necesitarás lo contrario a la dulce humedad de una lágrima salada. El fuego abrasador de ese Sol que al menos por ahora, te resulta tan esquivo.

viernes, 5 de abril de 2013

Cojeras

Aquí sentado en la mesa del restaurante veo pasar vacilantes a los paseantes al otro lado del cristal. Lo curioso es que en todos los que lo han hecho, al menos del género masculino, he percibido una ligera cojera. ¿Señal? ¿Mensaje? La verdad es que ahora mismo no me importa mucho.

Carta a una roca (grande y fuerte)

Me gustaría  ser como tú, confiado, seguro, mirando siempre hacia delante, hacia lo más alto.

Tengo que aceptar que no soy tú, algo sorprendentemente doloroso a estas alturas. Pero también he de decir que a veces, aunque solo sean unas pocas, lo consigo. Te imito. Y por un instante, creo ser tú. En realidad, es la misma sensación que la de andar con los ojos cerrados. No vendados. Cerrados. Al tercer paso, si no antes, empezarás a preguntarte si has dado el paso correcto, si no andarás cerca de algún precipicio peligroso que marque tu vida o incluso, quien sabe, que te la arrebate. Así que abres los ojos, e inclinas  la cabeza para fijarte en tus pies, y aunque solo sea por ese instante, pierdes tu elevado objetivo.

¿Qué esperabas? Tú mismo lo has dicho. No era más que una mera imitación. Y cómo todo lo que no es inequívocamente autentico, se torna efímero, volátil, escurridizo como un sueño recién soñado.

Y me toca aceptar una vez más que no soy Tú. Que tan solo soy yo, para lo bueno y lo malo, en la salud y la enfermedad, en la riqueza y la pobreza. Que soy lo único que tengo, o al menos, debería serlo.